Quizá lo que todos queremos es alguien que nos abrace fuerte y comparta con nosotros, en silencio, el vértigo de saber que no hay nada, en el fondo. Que todo lo que tenemos por importante es absolutamente ficticio, que somos el producto de uno y otro y miles de condicionamientos, que tus planes vitales no son más que los vanos intentos de una hormiga por dirigir la enorme industria del existir.
Y que, después de eso, se ría fuerte, fuerte, y nos bese en la boca, con fiereza.
viernes, 17 de mayo de 2013
miércoles, 8 de mayo de 2013
Sleep
Las luces del plató se apagaron con un chasquido
melodramático. Se colocó en el centro, a oscuras, y respiró el silencio. Y
soñó. Soñó con una fama que ni sus genes ni sus habilidades habían sido capaces de brindarle. Fantaseó con
chicas guapas, con coches caros. Con poder mirarse al espejo por las mañanas.
Sus labios entonaron en el camino hacia el tren alguna
melodía que su memoria consciente no acaba de ubicar. Jazz, probablemente. Su
leche y su música fueron los dos grandes regalos que su madre le hizo al llegar
al mundo. Le compró su primer saxofón a
una edad indecentemente temprana, y él quiso satisfacerla, lo ansió con toda su
alma.
Las puertas del metro se cerraron detrás de él y tomó
asiento, paseando una mirada distraída por entre los demás viajeros y preguntándose
vagamente por qué esa mujer le resultaba familiar.
Los años fueron demostrándole que carecía de
talento. Pero ella seguía repitiéndole, con cariño y una fe casi dolorosos, que
sería el próximo John Coltrane. Y él se soñó John Coltrane hasta que un día se
dio cuenta de que no iba a serlo nunca, de que las ilusiones de su madre eran
vanas y desorbitadas, y las suyas aún peores, por resignadas y conformistas.
De repente su mente hizo la conexión. La mujer de pelo
moreno era su ex novia del instituto. Tenía veinte años y kilos más, pero no
cabía duda de que era ella. Miraba al infinito con expresión exhausta. Su
primer impulso fue ir a saludarla, pero después decidió aprovechar esta
exquisita ocasión para observar sin ser visto. Su dedo estaba decorado con una
alianza dorada, muy a juego con las bolsas oscuras que circundaban sus ojos. Apostó
consigo mismo la existencia de dos hijos, como mínimo. Su cintura estaba
ensanchada, muy distinta de la cinturita de avispa que sus manos habían
acariciado miles de veces, hacía tanto tiempo ya que tuvo que recurrir a toda
su fe para creerlo.
Se fijó en la camiseta de ella. Mostraba una fotografía de
una chica joven, con los brazos llenos de tatuajes, un montón de piercings y
expresión sensual. Sin duda, se le ocurrió, era un símbolo de libertad. Seguro
que su antigua amada quería ser así. Su camiseta era el icono de todo lo que
ella quería lograr en la vida. Pensó, de nuevo, en acercarse a saludar, pero ¿qué
le iba a decir? ¿Que había abandonado el saxofón por la escoba? ¿Que nunca
llegó a ser nada más que un conserje? ¿Que sus giras mundiales se vieron
reducidas a paseos a la panadería de la esquina?
Repentinamente un detalle llamó su atención. La chica de la
camiseta llevaba unas mangas que simulaban ser piel tatuada. No eran de verdad.
El icono de libertad, pensó, había resultado ser una farsa.
Qué irónico. Y qué adecuado. Pensó en decírselo. Saboreó la absurda posibilidad de
destruir la vida de otra persona, la sensación de tenerla en sus manos.
Después se bajó del tren. Y cuando oyó el definitivo ruido
de las puertas al cerrarse detrás de él, supo, de alguna manera, que al
salvarla también se había salvado un poquito a sí mismo.
viernes, 26 de abril de 2013
Drugs.
Un día, se despertó con la capacidad de ver la Verdad.
Empezó sutilmente, en una conversación con un conocido cualquiera. Algo dentro de él sabía, inexplicablemente, que esa persona no era absolutamente sincera cuando le decía que estaba enamoradísima de su nueva pareja. Era, pensó, como si su voz desafinara levemente, como si no acabara de encajar. Perplejo, decidió no darle importancia.
Pero a lo largo del día las cosas no mejoraron. Las palomitas del cine estaban hechas de plástico. No quiso reflexionar sobre los helados del McDonalds. La cocacola le fascinó. Lo peor, sin embargo, eran las personas.
Vio parejas que sólo se soportaban por la fuerza de la costumbre. Padres que deseaban ardientemente haberse puesto un preservativo aquella noche fatal. Niños, aún puros, aún inocentes, desgastando la infancia cada vez más deprisa, y su homólogo futuro, los adultos, desencantados e hipócritas. Vio personas absolutamente normales que soñaban con las atrocidades más terribles. También existía el amor, pero era un amor falso, prefabricado, basado en premisas mercantiles. En tener y no en ser. Era un amor comercial.
No quiso ver a su novia, familia o amigos. No habría podido soportarlo. Se refugió en su casa. Puso la tele. Y no tardó más de tres minutos en lanzarla por la ventana, enloquecido. Vagó como alma en pena, horrorizado, irracional, incapaz de pensar, de sustraerse a ese inmenso asco que parecía haberse apoderado de él, sin dejarle recobrar el aliento.
Su mirada tropezó con el acuario en el que vivían sus cinco pececitos. No pasó nada.
Casi sin atreverse a creerlo, se acercó más, esperando la náusea. No llegó.
Se sentó delante de ellos. Eran hermosos. Eran sinceros, eran simples.
Unos meses después, los doctores le diagnosticaron zoofilia.
miércoles, 24 de abril de 2013
Héroes.
Termina de abrocharse el uniforme y se mira al espejo de los
vestuarios antes de salir a cumplir su jornada. Ese uniforme define lo que es.
Su cuerpo, su lugar en la sociedad, su mente, su sistema moral. Todo puede
resumirse en unos pocos metros de tela azul, en una armadura negra. En el casco
y en la porra, también.
Tiene que haber alguien que mantenga el orden. En un mundo
tan caótico como este, las leyes deben ser hechas, y alguien tiene que hacer
que se cumplan. Ese es su papel. Es sencillo. Es satisfactorio. Se acuesta todas
las noches con la conciencia tranquila. Sabiendo que, por duro que sea, está
construyendo un mundo mejor para sus hijos.
Piensa que aprendió a
ver el mundo tal y como es demasiado pronto, y no hay demasiada gente que se
atreva a mirarle los ojos y quitarle la razón. Criado en un barrio donde lo
único que tenían para comer a menudo era su orgullo, sus sueños e ilusiones
infantiles no pudieron prolongarse más allá de los trece años. En su instituto,
en otras zonas de la ciudad, los niños no le entendían. Y él, lo supo pronto, quería
despertarlos. Hacerles ver. Eran marionetas en manos de un enorme sistema al
que no le importaban sus vidas sino su dinero, y sus amigos seguían creyendo
que eran libres, que eran felices. Así que desde muy pronto decidió estudiar
periodismo, para poder luchar por la libertad a golpe de pluma y papel.
Sonríe a los
periodistas que la persiguen por la calle. Sabe que sus dientes son blancos
como los de un anuncio de dentífrico, que el pelo le quedó perfecto ayer tras
una sesión de peluquería. Lleva un traje de chaqueta sobrio pero elegante.
Tiene que dar imagen de fortaleza, pero
también de corrección, de inteligencia. Su trabajo no es fácil. A raíz de la crisis
económica, el país está revolucionado. Y qué esperan que haga ella. El mundo se
rige por la ley de la selva y ha sido capaz de labrarse un futuro con sus
propias manos, lo que la coloca en el bando de los fuertes. Mañana hay otra
manifestación de protesta. Gritarán su nombre, insultándola, pidiendo. Pero sabe,
con certeza, que si alguno de los muertos de hambre que berrean en la calle
tuviera las agallas de llegar donde está ella, harían lo mismo.
Las cosas están siendo difíciles últimamente. La gente está
empezando a violentarse. A veces siente cómo una chispa de duda cruza su mente.
Quizá tengan razón. Quizá las medidas que está tomando el Gobierno sean
demasiado extremas. Pero no le pagan por cuestionarse cosas, sino por obedecer
órdenes. Además, si cada uno pudiera imponer su ley a voluntad, el mundo sería
un caos. Él y todos sus hermanos, sus compañeros de cuerpo, son los agentes del
Orden. Y es lo más cercano que hubiera podido llegar a ser de los superhéroes
con los que soñaba en su infancia.
Cuando les dan la señal, cierran filas y se preparan para
cargar.
Las bibliotecas
públicas fueron su segundo hogar. Marx, Bakunin, Berkman, le hablaron pronto de
revolución, de lucha, de cambio. Mientras sus amigos de la infancia caían en la
droga, él se dejaba los codos estudiando. Comenzó a militar en organizaciones
antifascistas. Entró en la facultad con nota, y enseguida demostró una gran
capacidad literaria y una enorme habilidad para el debate. Pero ahora, cuando
tiene que entrar en tercero, las tasas universitarias se han disparado. Y él no
puede permitirse pagarlas. Tampoco le han dado la beca.
A los veinte años, lo
único que le queda es un cóctel molotov en el fondo de la mochila.
Se estira, sale de su
despacho y se dirige al salón. Hay un gran número de efectivos en la manifestación. Hombres
íntegros, fieles, honestos, dispuestos a controlar a la marabunta, a pelear por sus
ideales. Han traído policías de todo el país. No le gusta seguir las
manifestaciones por la televisión. Prefiere relajarse y esperar el informe que
le enviarán sus subordinados.
Los chicos de la primera línea son
jóvenes, tienen la furia y las ansias de luchar grabados a fuego en los ojos.
La adrenalina le recorre, le hace sentirse vivo. Una chica cae bajo su porra. Hay
un hombre sangrando en el suelo, no sabe si por él o por alguno de sus
compañeros. Tampoco importa. Ahora, todos son uno. Son una familia. Más que
eso, un solo ser. Vislumbra cerca un chico flacucho que tiene una mochila y parece
ir a sacar algo de ella.
Le tiemblan las manos,
pero ha tomado una decisión. Nadie va a concederles un mundo mejor sólo con pedirlo
por favor. La lucha es necesaria. Y alguien tiene que empezar.
En un único y rápido movimiento, saca la
botella de un tirón de la mochila, la enciende.
Y se tira de cabeza en
medio del escuadrón de la policía.
Se tumba en el sofá,
escucha la Sinfonía número tres de Brahms y, sonriente, bebe un sorbo de champán.
martes, 23 de abril de 2013
Adam Peterson
La voz irritada del jefe perfora sus tímpanos y él intenta fingir que escucha, aunque su atención se concentra en el reloj que pende encima de la calva cabeza del hombre que le paga por su tiempo y su dignidad. Hace veinte minutos que tendría que haber salido. Suspira, casi imperceptiblemente.
Cuando por fin consigue salir del despacho ya son más de las siete. No debería haber salido tan tarde. No debería estar trabajando allí, para empezar.
¿Era un fracasado antes de que ella lo dejara? Probablemente sí. Aceptó ese empleo para poder cuidar de su mujer y de su hija, y su matrimonio no duró más de cinco años. Él, por otro lado, no se vio capaz de abandonarlo para buscar algo más acorde a sus capacidades. Ya lo haré mañana, se decía todos los días. Y allí seguía, con cuarenta y pico años, bolsas bajo los ojos y una barriga más que incipiente.
Emite otro suspiro de cansancio cuando llega a casa. Su ex mujer murió hace tres meses a causa de una enfermedad que no supieron diagnosticarle a tiempo. La hija de ambos, adolescente, vino a vivir con él. Y desde entonces todo el orden de su piso se transforma, apenas en un segundo, en caos.
Se quita la chaqueta del traje y comienza a recoger. Los libros siguen un riguroso orden alfabético dentro de su colocación por tamaños. Las sábanas han de ser ordenadas según su tonalidad cromática. Cuántas veces le ha dicho que use posavasos. Que vacíe el cenicero tras usarlo. ¿Y el mando? No lo encuentra. La maldita cría ha manchado su precioso sofá de color crema con algo que no logra identificar, probablemente salsa barbacoa. Huele a marihuana. Sus discos compactos están desparramados por todo el suelo.
Si esto fuera una película, la chica y él encontrarían una afinidad inesperada en algo sorprendente, como el béisbol o las películas de los años sesenta, y entonces todo comenzaría a ir bien. Él encontraría un trabajo que le hiciera feliz y desayunarían tortitas los domingos por la mañana.
Pero su hija, con la cual dudaría el parentesco si no fuera porque sus ojos y nariz son iguales a los de él, es el ser más superficial y molesto de la tierra. No le interesan los libros, jamás ha cogido uno, y se burla de su música, de su trabajo. De él. Crea el desorden sólo para molestarle. Y si pud...
El hilo de sus pensamientos se detiene al llegar al baño. Hay un tampón usado en el inodoro. Ha sido depositado allí hace algunas horas. La sangre, roja, brillante, contrasta vivamente con el blanco de la porcelana.
Vuelve al sofá, despacio. Se sienta. No enciende la televisión. Simplemente se sienta, y espera.
Cuando la niña regresa, dos horas y media más tarde de su hora límite, se dirige hacia ella. La abraza. Ella se pone rígida, intenta resistirse.
El cenicero de mármol impacta en su cabeza y le arranca un grito. Él continúa golpeándola metódicamente, sin expresión, mientras la sangre y los pedacitos de hueso y masa cerebral se desparraman por todos los lados. La sorpresa, el miedo, el dolor, que percibe en la mirada de ella antes de que se apague por completo, no le conmueven en absoluto. Está lejos. Nada puede tocarlo. Es libre.
Finalmente suelta el cenicero, se sienta en el sofá de color crema, ahora manchado con la sangre de su sangre, y se afloja la corbata con un tercer suspiro de cansancio.
Va a tener que limpiar mucho.
Cuando por fin consigue salir del despacho ya son más de las siete. No debería haber salido tan tarde. No debería estar trabajando allí, para empezar.
¿Era un fracasado antes de que ella lo dejara? Probablemente sí. Aceptó ese empleo para poder cuidar de su mujer y de su hija, y su matrimonio no duró más de cinco años. Él, por otro lado, no se vio capaz de abandonarlo para buscar algo más acorde a sus capacidades. Ya lo haré mañana, se decía todos los días. Y allí seguía, con cuarenta y pico años, bolsas bajo los ojos y una barriga más que incipiente.
Emite otro suspiro de cansancio cuando llega a casa. Su ex mujer murió hace tres meses a causa de una enfermedad que no supieron diagnosticarle a tiempo. La hija de ambos, adolescente, vino a vivir con él. Y desde entonces todo el orden de su piso se transforma, apenas en un segundo, en caos.
Se quita la chaqueta del traje y comienza a recoger. Los libros siguen un riguroso orden alfabético dentro de su colocación por tamaños. Las sábanas han de ser ordenadas según su tonalidad cromática. Cuántas veces le ha dicho que use posavasos. Que vacíe el cenicero tras usarlo. ¿Y el mando? No lo encuentra. La maldita cría ha manchado su precioso sofá de color crema con algo que no logra identificar, probablemente salsa barbacoa. Huele a marihuana. Sus discos compactos están desparramados por todo el suelo.
Si esto fuera una película, la chica y él encontrarían una afinidad inesperada en algo sorprendente, como el béisbol o las películas de los años sesenta, y entonces todo comenzaría a ir bien. Él encontraría un trabajo que le hiciera feliz y desayunarían tortitas los domingos por la mañana.
Pero su hija, con la cual dudaría el parentesco si no fuera porque sus ojos y nariz son iguales a los de él, es el ser más superficial y molesto de la tierra. No le interesan los libros, jamás ha cogido uno, y se burla de su música, de su trabajo. De él. Crea el desorden sólo para molestarle. Y si pud...
El hilo de sus pensamientos se detiene al llegar al baño. Hay un tampón usado en el inodoro. Ha sido depositado allí hace algunas horas. La sangre, roja, brillante, contrasta vivamente con el blanco de la porcelana.
Vuelve al sofá, despacio. Se sienta. No enciende la televisión. Simplemente se sienta, y espera.
Cuando la niña regresa, dos horas y media más tarde de su hora límite, se dirige hacia ella. La abraza. Ella se pone rígida, intenta resistirse.
El cenicero de mármol impacta en su cabeza y le arranca un grito. Él continúa golpeándola metódicamente, sin expresión, mientras la sangre y los pedacitos de hueso y masa cerebral se desparraman por todos los lados. La sorpresa, el miedo, el dolor, que percibe en la mirada de ella antes de que se apague por completo, no le conmueven en absoluto. Está lejos. Nada puede tocarlo. Es libre.
Finalmente suelta el cenicero, se sienta en el sofá de color crema, ahora manchado con la sangre de su sangre, y se afloja la corbata con un tercer suspiro de cansancio.
Va a tener que limpiar mucho.
jueves, 18 de abril de 2013
Winter
Ella se levanta y, desnuda, se apoya en la ventana para
fumar un cigarro mientras mira la vida pasar por delante de la ventana.
A mi vez, yo la observo. Su cuerpo es una bendición
estética. La luz del sol recorre sus caderas, besa su piel, con más dulzura de la que yo podré darle
nunca. Y mientras la miro, pienso que quizá esto sea todo. Sé bien que mañana,
o pasado, o dentro de un año, me despertaré y su lado de la cama estará vacío,
aunque ella siga durmiendo en él. Que la miraré a los ojos y solo encontraré
decepción. Soy consciente de que esto no es real. De que no es más que la
mezcla de pautas sociales, necesidad física y una absurda búsqueda de
idealizaciones inexistentes. Sé que no tiene sentido. No más, por lo menos, de
lo que lo tienen el resto de las cosas.
Pero quizá esto sea todo. Mirar el sol danzar por su cuerpo,
el humo del cigarrillo invadir suavemente su boca. Observar sus ojos ausentes,
perdidos quién sabe dónde. Quizá con esto baste.
Por ahora.
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