El muchacho corría como si pudiera dejar atrás sus problemas si
conseguía la velocidad suficiente. La grava crujía agradablemente bajo
sus pies, pero él no lo notaba como otras noches.
La decepción, el
dolor, del deseo de que sus sentidos estuvieran engañándolo, le
consumía. Pero no era así. Él lo sabía. Era lo suficientemente honesto
consigo mismo como para reconocerlo. Las personas, tarde o temprano,
marchaban. Cambiaban. Se alejaban. Y él, invariablemente, se quedaba
desconcertado, preguntándose cómo demonios habían podido tornarse así
las cosas, por qué algo tan etéreo como el tiempo o las palabras o
las reacciones hormonales podían trastocar de aquella manera su preciosa
realidad tangible.
Redujo lentamente el ritmo hasta quedarse
completamente quieto. Observó las casas, con sus luces apagadas y
encendidas, y pensó en los miles de corazones que latían dentro de los
miles de pechos que había en esos hogares, y en los miles de secretos
que escondían aquellos corazones para los demás. Levantó la cabeza y
miró hacia las frías y mudas estrellas. Un observador atento podría
haber percibido el leve suspiro que elevó su pecho antes de reanudar la
marcha.
Sobreviviría.
Como siempre.
martes, 14 de agosto de 2012
domingo, 12 de agosto de 2012
He films the clouds.
El otro amaba como un esclavo, como un loco y como un mendigo. ¿Por qué? Pregúntale al polvo de la carretera y a las hojas que caen, pregúntale al misterioso Dios de la vida; nadie sabe tales cosas.
Ella no le dio nada, nada le dio y todavía él le agradeció. Ella dijo: ¡Dame tu paz y tu razón! Y él solo se lamentó que no pidiese su vida.
Pan, Knut Hamsun.
Ella no le dio nada, nada le dio y todavía él le agradeció. Ella dijo: ¡Dame tu paz y tu razón! Y él solo se lamentó que no pidiese su vida.
Pan, Knut Hamsun.
jueves, 9 de agosto de 2012
B.
Empecé en aquel trabajo como empezaba en todos los demás:
por pura suerte. Yo conocía al hijo de un tío que había llegado más o menos
lejos en la empresa y el hijo habló con él y a la semana siguiente estaba ya
trabajando allí. Al principio me gustó.
Era un trabajo. Quiero decir, tenía dinero y todo lo demás, y los viernes
incluso tenía tiempo para invitar a alguna chica a cenar y luego llevármela a
casa. Estaba realmente bien.
Pero luego aquel trabajo fue apoderándose de mí. El tío que
acudía al trabajo era responsable, y respetuoso con la ley. Era ordenado. Y
concienzudo. Desde el principio había llegado a un acuerdo conmigo mismo: ese hombre no sería yo. Podía fingirlo
lo mejor que pudiera, pero no iba a serlo.
Hasta que un día estaba en mi apartamento y miré a mi
alrededor y vi que mi habitación se había convertido en su habitación. Estaba recogida, y limpia. Me había planchado los
pantalones de ir a trabajar. En el escritorio tenía uno de esos abrecartas que
nos daban en la oficina. Y haciendo repaso, vi que ningún día de la semana
anterior me había acostado después de medianoche.
Me había convertido en un hombre hecho y derecho, en ese
futuro que todos los padres buscan para sus hijos y en ese marido que todas las
madres quieren para sus hijas. Era una persona decente.
A la mañana siguiente no volví a trabajar. Nunca más lo
hice.
domingo, 5 de agosto de 2012
Goodbye.
Cierra los ojos, asustada. Su respiración se acelera cada
vez más. Intenta concentrarse en controlar por lo menos eso, pero entonces se
oye un ruido en la cubierta, algo que cae, algo pesado, y gritos. Y sus ojos se
disparan hacia arriba mientras la tensión se apodera de ella. Oye sollozos,
oye gente que grita e intenta escapar, escucha discusiones e insultos.
Se acurruca en un rincón de su camarote y lucha por recobrar
una brizna de cordura en medio de todo ese caos. Inspira. Espira. Siempre ha disfrutado del caos, toda su vida
ha estado gobernada por él, pero hace tiempo que descubrió que puede ser cruel
y doloroso. Cuando perdió su peluche.
Se aferra a ese recuerdo como un muerto de sed a una gota de
agua. Su peluche. Se lo regalaron cuando era un bebé y estuvo durmiendo con él
durante más tiempo del que estaba dispuesta a admitir. Cuando estaba enferma…
La puerta del pasillo revienta. Oye el agua inundando el
pasillo. Vuelve a tener taquicardias. Su instinto le ruega que se mueva, que
corra, pero ella continúa sentada, testaruda. Inspira. Espira. Inspira.
…cuando estaba enferma se aferraba al pequeño peluche marrón
y le susurraba sus dolores. Lo empapó mil veces con sus lágrimas cuando estaba
triste. Le contaba cómo se llamaban los chicos de los que estaba enamorada y
por qué se había enfadado con tal o cual amiga.
Inspira. Espira. El agua suena cada vez más cerca. Temiendo
haberlo demorado demasiado, se levanta a por el puñado de pequeñas cápsulas.
Inspira.
Cuando se mudaron de casa lo perdió. Nunca se lo confesó a
nadie, pero le dolió muchísimo no poder acurrucarse a dormir junto a ese pedazo
de felpa cálido y familiar, como una camiseta grande para estar por casa.
Le cuesta un poco tragar las pastillas, pero lo consigue con
un poco de whisky. La conciencia de lo que acaba de hacer le golpea de repente como
una maza, y tiene que recordarse que es lo mejor. Tiene pánico a una muerte
dolorosa. No. Ha tomado la decisión acertada. Espira. Inspira. Espira.
Se tumba en la cama. El agua ha empezado a inundar su
camarote.
Recuerda la alegría que sintió cuando su abuela la llamó
para decirle que había encontrado su pequeño león en casa. De repente su
habitación nueva le había parecido mucho más confortable. Era como recuperar un
viejo amigo de la infancia. Había sido estupendo. Ahí sigue, en su casa, en su
cama, aunque sea una adulta y ya no tenga edad para esas cosas. No le importa.
Le gustaría poder abrazarlo ahora mismo.
El agua alcanza ya el nivel de su cama. Inspira. Espira.
Inspira.
Expira.
viernes, 3 de agosto de 2012
After the earthquake.
Ambos sabíamos que aquello iba a acabar en algún momento,
más temprano que tarde. Nuestro estilo de vida condenaba cualquier relación a
la temporalidad. Aquello era así, llevaba siendo así mucho tiempo, y lo
aceptábamos.
Construimos un pequeño mundo entre las paredes de tu habitación
amarilla. Quizá no nos dimos cuenta en aquel entonces. Tú y yo y las drogas mezclados
hasta volvernos uno, creando una extraña realidad que solo nosotros éramos
capaces de comprender. Nos tocábamos, nos sentíamos, nos fundíamos. Los únicos
momentos en los que llegué a conocerte, a amarte de verdad, fueron entonces.
Un instante antes del orgasmo, o ese frágil
momento en el que la heroína te dilataba las pupilas y tú me mirabas. Entonces
eras mía, y yo tuyo, por una lenta fracción de segundo. Y todo fue mucho más
intenso porque sabíamos que iba a terminar en cualquier momento. La vida nos
envenenaba y nosotros respondíamos mezclando nuestras risas y sudores.
Fuimos efímeros, pero entre tus sábanas creamos la
eternidad.
miércoles, 18 de julio de 2012
Tonight the streets are ours.
Recorres mi piel con la seguridad de quien camina por un
sitio conocido y confortable. Tu aliento me envenena y cura en la misma cálida
expiración. Jugamos a querernos, a construirnos, a destrozarnos. Te vas, a
otras camas y otros juegos. Vuelves. Las estaciones de mi corazón pasan a tu
ritmo, implacables agujas en el reloj de tus ausencias. Y de tus presencias.
También de tus presencias.
A veces quisiera abrazarte tan fuerte que mis costillas se
fundieran con tu piel y no pudiéramos separarnos jamás. Eres la mañana soleada
de un domingo, la banda sonora de una peli magistral, el vacío debajo de la
manta, la lágrima furtiva en el silencio.
Cerca, siempre cerca, pero nunca lo suficiente.
domingo, 1 de julio de 2012
A natural disaster
Acordaron encontrarse en el ático de él. Ella accedió
presurosa, a pesar del enorme desplazamiento que ello le implicaba, loca de
ansias y curiosidad. Él pensó, perezoso, que al menos no tendría que moverse, y
si la chica daba la talla lo mismo podía llevársela a la cama.
Era la primera vez que en su periódico le daban una
entrevista de cierta importancia y se propuso prepararla bien. Estuvo pensando
durante días qué preguntarle y el día de la cita se levantó nerviosa, se duchó,
ocupó un sillón en su peluquería favorita y tardó en maquillarse el doble de lo
normal. La única concesión que le hizo él a aquel encuentro fue bajar a comprar
bebidas, por si quería tomar algo, y recoger un poco su apartamento. La
muchacha llegó media hora antes por los nervios y tuvo que estar esperando
fuera hasta que llegó la hora justa.
Le abrió con el pelo revuelto y su mejor sonrisa, lo que
acrecentó aún más su nerviosismo. Él tenía experiencia en manejar fans
histéricas y la condujo con suavidad, como a un gatito particularmente
asustadizo. La conversación fue informal y se condujo con relativa fluidez
hasta que ella reparó en el tatuaje de su muñeca.
-¿1984? ¿Es la fecha del nacimiento de alguien querido para
ti?-preguntó.
Él se quedó mirándola, sorprendido.
-No, es por el libro.
-¿Qué libro?
-El de Orwell.
-Pues no lo he leído. ¿Es actual?
A partir de entonces fue como si habitaran en mundos
distintos. Se terminó la conversación informal, las bebidas no salieron de su
hueco en el armario, y él le dio las mismas respuestas que había contestado en
mil entrevistas antes de esa, sin hacer ni siquiera el esfuerzo de fingir que
las pensaba por primera vez. Se separaron finalmente con dos besos rígidos, él
imbuido en un bohemio desprecio y una profunda melancolía hacia todo y todos, y
la chica, que era iletrada pero no tonta, pensando que podía ser maravilloso en
las letras de sus canciones, pero en la vida real era un auténtico gilipollas.
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