miércoles, 17 de octubre de 2012

Don't forget.

He estado intentando convencerme de que abandonar a una persona no es lo peor que se le puede hacer. Puede resultar doloroso, pero no tiene que ser una tragedia. Si uno no dejase nunca nada ni a nadie, no tendría espacio para lo nuevo. Evolucionar constituye una infidelidad, a los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de uno mismo. Cada día debería tener al menos una infidelidad esencial, una traición necesaria. Se trataría de un acto optimista, esperanzador, que garantizaría la fe en el futuro. Una afirmación de que las cosas pueden ser, no solo diferentes, sino mejores.

sábado, 6 de octubre de 2012

Orpheo et Euridice.

La pequeña jugaba con su caballo favorito el día que la vio por última vez.
Él la miraba, orgulloso y feliz, desde el centro de su pequeño taller, donde fabricaba artesanalmente toda clase de juguetes y muñecas. El que estaba usando la niña en ese momento lo había tallado en madera el día en que nació, y ella siempre había mostrado una predilección especial por él. La niña advirtió la mirada de su abuelo, y le sonrió, coqueta, a pesar de su corta edad, con ese instinto para el encanto que tienen todos los bebés. Él adoraba su mirada azul, el pelo negro que empezaba ya a cubrir su cabecita.
Alguien cruzó entonces la puerta del taller y todo el encanto de la escena pareció desvanecerse. El hombre suspiró. Supo, solo con mirarla, a qué había venido.
-Papá...
-¿Sí?
-Necesitamos dinero. Por favor.
-Te dejé quinientos francos la semana pasada. Yo también tengo dificultades.
-Lo sé, pero hemos tenido gastos imprevistos.
-Creo que el alcohol de tu marido no era nada imprevisto para nadie-le dijo, con cierta dureza.
Ella se lo quedó mirando, como si no pudiera creer lo que oía.
-¿Cómo te atreves?-exclamó.
-Sylvie-ahora su tono se había vuelto suplicante-. Por favor. Deja a ese hombre. No os hace ningún bien ni a tu hija ni a ti. Venid a vivir conmigo, yo os mantendré hasta que encuentres algo. Por favor.
-¿Estás loco? No voy a dejarle. Le amo. Me ha hecho muy feliz.
Era la vigésima vez que mantenían esa conversación.
-Si la felicidad se midiera en moratones...-observó mordaz.
-Si tú supieras lo que es la felicidad, a lo mejor mamá no te habría dejado. Siempre quieres destruirlo todo. Eres un infeliz y ahora tratas de hacerme desgraciada a mí también.
Había puesto el dedo en la llaga. El juguetero sintió su autocontrol escaparse con una rapidez inusitada al tiempo que la ira crecía dentro de él.
-Si tanto mal te hago, no te molestes en volver. No quiero volver a verte nunca más.
Se arrepintió al instante de sus palabras, pero era tarde. La mujer entornó los ojos, cogió a la pequeña y cruzó la puerta.
-¡Sylvie!-llamó el hombre, desesperado-. Lo siento. No quise decir eso. Por favor, perdóname.
Siguió gritando unos minutos, a pesar de saber que ya no había nadie allí para escuchar sus ruegos. Finalmente se derrumbó en la butaca frente al fuego, enterró la cara entre las manos y lloró.

Al día siguiente acudió a casa de su hija, pero nadie abrió la puerta. Él sabía, no obstante, que le habían visto llegar, porque apreció movimiento en las cortinas. Volvió todos los días durante una semana. Nadie le abrió.
Empezó a escribirle cartas con la esperanza de que las leyera, suplicándole que volviera, o que al menos le dejara ver a su nieta. Nunca le contestó nada. Acabó confesándole a su hija, por medio del correo, cosas que nunca le habría contado a nadie, sus dolores, esperanzas y miedos más íntimos. Y sabía, en el fondo, que jamás lo habría hecho si no tuviera la absoluta certeza de que sus cartas no estaban siendo leídas.
Un día, aturdido por el dolor, empezó con la creación de una nueva muñeca. Una preciosidad de ojos azules y pelo negro, con un pequeño caballito de madera incluido.
Al cabo de dos meses, el cartero empezó a devolverle las cartas. La dirección estaba equivocada, le decía. Aquella señora ya no vivía allí. Él intentó investigar el paradero de su familia, pero todo fue en vano. Así pues se enfrascó en la producción de sus muñecas, para intentar huir del dolor de su ausencia.

Le pasó la bolsa y el cambio a la mujer de mediana edad y le dedicó una sonrisa.
-Gracias por su compra-le dijo.
Paseó la mirada por los potenciales compradores que recorrían el establecimiento. Se fijó particularmente en una niña de unos doce años, y sonrió ante el arrobo con el que ella contemplaba las muñecas.
-¿Te gustan?-preguntó.
-¡Mucho!-contestó ella- ¡Menuda tienda tiene usted montada aquí! ¡Es enorme, y preciosa!
-Antes era solo un taller. Todo esto empezó con esta pequeña de aquí-le dijo el juguetero, y le tendió la muñeca, la de pelo oscuro y ojos azules, la que había supuesto un principio, pero también un final-. Se vendió muy bien.
La chiquilla la cogió con adoración.
-¿Quieres comprarla?
-Oh, no, no creo que me alcance, señor. Tengo mis ahorros aquí, pero...
Estuvieron contando juntos el dinero y constataron que en efecto faltaba una gran parte. Él calibró  rebajársela, pero acabó decidiendo, como siempre, que no podía hacerles descuentos a todos los niños que habían querido juguetes a lo largo de su vida.
-Bueno, quizá puedas pedírsela a tus padres por tu cumple-la animó.
-No, no somos de aquí. Somos de Italia. Hemos venido solo de vacaciones.
-Vaya, es una lástima. Bueno, si las tratas con cuidado puedes jugar con ellas todo lo que quieras.
Ella lo hizo durante un rato, y después se marchó, tras besar al anciano en la mejilla como agradecimiento. Aunque sus ojos azules recorrían las calles de París en el camino de vuelta, su mente estaba todavía en la juguetería, preguntándose por qué el caballito de madera de la muñeca le había resultado tan familiar.

martes, 11 de septiembre de 2012

The finish line.

Leves notas, pasos de pájaro en la rama del árbol de la vida...
-¿Te gusta? ¿Quieres probar?
Y pulsó las teclas. Y las notas leves se volvieron plomo... mecánicas, zafias...
Y siguió tocando, una cacofonía espantosa, un juego de niños sobre un piano viejo, y de los ojos de Irene caían lágrimas hirviendo, y resbalaban por su mentón, y caían sobre las teclas blancas, sobre los dedos, e Irene ahogaba un sollozo que subía de su pecho buscando perdón y consuelo por la mentira, perdón, perdón, donde antes había habido otro sollozo que suplicaba por la belleza.

domingo, 26 de agosto de 2012

Cada uno en su lugar.


La goma de mis zapatillas resuena contra el suelo y el lápiz marca el acompañamiento en mi cuaderno. Es posible que hoy, como tantos días, él sea el único capaz de salvarme.
El humo de mi cigarrillo trepa hasta tu ventana y me pregunto dónde, cómo estás, quién besará esos labios que antes fueron míos. Veintidós escalones pueden parecer tan largos como veintidós mundos. Abro el cuaderno y el lápiz baila la danza de los versos de tu ausencia. Otra de tantas. Otro de esos gritos mudos que nunca escucharás.
Expulso la última calada y te pienso un hasta siempre antes de vestirme de nuevo la cobardía y volver por donde he venido.
Porque veintidós escalones pueden parecer tan largos como veintidós mundos.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Bluebird.

there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too tough for him,
I say, stay in there, I'm not going
to let anybody see
you.
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I pour whiskey on him and inhale
cigarette smoke
and the whores and the bartenders
and the grocery clerks
never know that
he's
in there.

there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too tough for him,
I say,
stay down, do you want to mess
me up?
you want to screw up the
works?
you want to blow my book sales in
Europe?
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too clever, I only let him out
at night sometimes
when everybody's asleep.
I say, I know that you're there,
so don't be
sad.
then I put him back,
but he's singing a little
in there, I haven't quite let him
die
and we sleep together like
that
with our
secret pact
and it's nice enough to
make a man
weep, but I don't
weep, do
you?

martes, 14 de agosto de 2012

Pain redefined.

El muchacho corría como si pudiera dejar atrás sus problemas si conseguía la velocidad suficiente. La grava crujía agradablemente bajo sus pies, pero él no lo notaba como otras noches.
La decepción, el dolor, del deseo de que sus sentidos estuvieran engañándolo, le consumía. Pero no era así. Él lo sabía. Era lo suficientemente honesto consigo mismo como para reconocerlo. Las personas, tarde o temprano, marchaban. Cambiaban. Se alejaban. Y él, invariablemente, se quedaba desconcertado, preguntándose cómo demonios habían podido tornarse así las cosas, por qué algo tan etéreo como el tiempo o las palabras o las reacciones hormonales podían trastocar de aquella manera su preciosa realidad tangible.
Redujo lentamente el ritmo hasta quedarse completamente quieto. Observó las casas, con sus luces apagadas y encendidas, y pensó en los miles de corazones que latían dentro de los miles de pechos que había en esos hogares, y en los miles de secretos que escondían aquellos corazones para los demás. Levantó la cabeza y miró hacia las frías y mudas estrellas. Un observador atento podría haber percibido el leve suspiro que elevó su pecho antes de reanudar la marcha.
Sobreviviría.
Como siempre.

domingo, 12 de agosto de 2012

He films the clouds.

El otro amaba como un esclavo, como un loco y como un mendigo. ¿Por qué? Pregúntale al polvo de la carretera y a las hojas que caen, pregúntale al misterioso Dios de la vida; nadie sabe tales cosas.
Ella no le dio nada, nada le dio y todavía él le agradeció. Ella dijo: ¡Dame tu paz y tu razón! Y él solo se lamentó que no pidiese su vida.

Pan,  Knut Hamsun.

jueves, 9 de agosto de 2012

B.


Empecé en aquel trabajo como empezaba en todos los demás: por pura suerte. Yo conocía al hijo de un tío que había llegado más o menos lejos en la empresa y el hijo habló con él y a la semana siguiente estaba ya trabajando allí.  Al principio me gustó. Era un trabajo. Quiero decir, tenía dinero y todo lo demás, y los viernes incluso tenía tiempo para invitar a alguna chica a cenar y luego llevármela a casa. Estaba realmente bien.
Pero luego aquel trabajo fue apoderándose de mí. El tío que acudía al trabajo era responsable, y respetuoso con la ley. Era ordenado. Y concienzudo. Desde el principio había llegado a un acuerdo conmigo mismo: ese hombre no sería yo. Podía fingirlo lo mejor que pudiera, pero no iba a serlo.
Hasta que un día estaba en mi apartamento y miré a mi alrededor y vi que mi habitación se había convertido en su habitación. Estaba recogida, y limpia. Me había planchado los pantalones de ir a trabajar. En el escritorio tenía uno de esos abrecartas que nos daban en la oficina. Y haciendo repaso, vi que ningún día de la semana anterior me había acostado después de medianoche.
Me había convertido en un hombre hecho y derecho, en ese futuro que todos los padres buscan para sus hijos y en ese marido que todas las madres quieren para sus hijas. Era una persona decente.
A la mañana siguiente no volví a trabajar. Nunca más lo hice.

domingo, 5 de agosto de 2012

Goodbye.


Cierra los ojos, asustada. Su respiración se acelera cada vez más. Intenta concentrarse en controlar por lo menos eso, pero entonces se oye un ruido en la cubierta, algo que cae, algo pesado, y gritos. Y sus ojos se disparan hacia arriba mientras la tensión se apodera de ella. Oye sollozos, oye gente que grita e intenta escapar, escucha discusiones e insultos.
Se acurruca en un rincón de su camarote y lucha por recobrar una brizna de cordura en medio de todo ese caos.  Inspira. Espira.  Siempre ha disfrutado del caos, toda su vida ha estado gobernada por él, pero hace tiempo que descubrió que puede ser cruel y doloroso. Cuando perdió su peluche.
Se aferra a ese recuerdo como un muerto de sed a una gota de agua. Su peluche. Se lo regalaron cuando era un bebé y estuvo durmiendo con él durante más tiempo del que estaba dispuesta a admitir. Cuando estaba enferma…
La puerta del pasillo revienta. Oye el agua inundando el pasillo. Vuelve a tener taquicardias. Su instinto le ruega que se mueva, que corra, pero ella continúa sentada, testaruda. Inspira. Espira. Inspira.
…cuando estaba enferma se aferraba al pequeño peluche marrón y le susurraba sus dolores. Lo empapó mil veces con sus lágrimas cuando estaba triste. Le contaba cómo se llamaban los chicos de los que estaba enamorada y por qué se había enfadado con tal o cual amiga.
Inspira. Espira. El agua suena cada vez más cerca. Temiendo haberlo demorado demasiado, se levanta a por el puñado de pequeñas cápsulas. Inspira.
Cuando se mudaron de casa lo perdió. Nunca se lo confesó a nadie, pero le dolió muchísimo no poder acurrucarse a dormir junto a ese pedazo de felpa cálido y familiar, como una camiseta grande para estar por casa.
Le cuesta un poco tragar las pastillas, pero lo consigue con un poco de whisky. La conciencia de lo que acaba de hacer le golpea de repente como una maza, y tiene que recordarse que es lo mejor. Tiene pánico a una muerte dolorosa. No. Ha tomado la decisión acertada. Espira. Inspira. Espira.
Se tumba en la cama. El agua ha empezado a inundar su camarote.
Recuerda la alegría que sintió cuando su abuela la llamó para decirle que había encontrado su pequeño león en casa. De repente su habitación nueva le había parecido mucho más confortable. Era como recuperar un viejo amigo de la infancia. Había sido estupendo. Ahí sigue, en su casa, en su cama, aunque sea una adulta y ya no tenga edad para esas cosas. No le importa.
Le gustaría poder abrazarlo ahora mismo.
El agua alcanza ya el nivel de su cama. Inspira. Espira. Inspira.
Expira.

viernes, 3 de agosto de 2012

After the earthquake.


Ambos sabíamos que aquello iba a acabar en algún momento, más temprano que tarde. Nuestro estilo de vida condenaba cualquier relación a la temporalidad. Aquello era así, llevaba siendo así mucho tiempo, y lo aceptábamos.
Construimos un pequeño mundo entre las paredes de tu habitación amarilla. Quizá no nos dimos cuenta en aquel entonces. Tú y yo y las drogas  mezclados hasta volvernos uno, creando una extraña realidad que solo nosotros éramos capaces de comprender. Nos tocábamos, nos sentíamos, nos fundíamos. Los únicos momentos en los que llegué a conocerte, a amarte de verdad, fueron entonces. Un instante antes del orgasmo, o  ese frágil momento en el que la heroína te dilataba las pupilas y tú me mirabas. Entonces eras mía, y yo tuyo, por una lenta fracción de segundo. Y todo fue mucho más intenso porque sabíamos que iba a terminar en cualquier momento. La vida nos envenenaba y nosotros respondíamos mezclando nuestras risas y sudores.
Fuimos efímeros, pero entre tus sábanas creamos la eternidad.

miércoles, 18 de julio de 2012

Tonight the streets are ours.


Recorres mi piel con la seguridad de quien camina por un sitio conocido y confortable. Tu aliento me envenena y cura en la misma cálida expiración. Jugamos a querernos, a construirnos, a destrozarnos. Te vas, a otras camas y otros juegos. Vuelves. Las estaciones de mi corazón pasan a tu ritmo, implacables agujas en el reloj de tus ausencias. Y de tus presencias. También de tus presencias.
A veces quisiera abrazarte tan fuerte que mis costillas se fundieran con tu piel y no pudiéramos separarnos jamás. Eres la mañana soleada de un domingo, la banda sonora de una peli magistral, el vacío debajo de la manta, la lágrima furtiva en el silencio.
Cerca, siempre cerca, pero nunca lo suficiente.

domingo, 1 de julio de 2012

A natural disaster


Acordaron encontrarse en el ático de él. Ella accedió presurosa, a pesar del enorme desplazamiento que ello le implicaba, loca de ansias y curiosidad. Él pensó, perezoso, que al menos no tendría que moverse, y si la chica daba la talla lo mismo podía llevársela a la cama.
Era la primera vez que en su periódico le daban una entrevista de cierta importancia y se propuso prepararla bien. Estuvo pensando durante días qué preguntarle y el día de la cita se levantó nerviosa, se duchó, ocupó un sillón en su peluquería favorita y tardó en maquillarse el doble de lo normal. La única concesión que le hizo él a aquel encuentro fue bajar a comprar bebidas, por si quería tomar algo, y recoger un poco su apartamento. La muchacha llegó media hora antes por los nervios y tuvo que estar esperando fuera hasta que llegó la hora justa.
Le abrió con el pelo revuelto y su mejor sonrisa, lo que acrecentó aún más su nerviosismo. Él tenía experiencia en manejar fans histéricas y la condujo con suavidad, como a un gatito particularmente asustadizo. La conversación fue informal y se condujo con relativa fluidez hasta que ella reparó en el tatuaje de su muñeca.
-¿1984? ¿Es la fecha del nacimiento de alguien querido para ti?-preguntó.
Él se quedó mirándola, sorprendido.
-No, es por el libro.
-¿Qué libro?
-El de Orwell.
-Pues no lo he leído. ¿Es actual?
A partir de entonces fue como si habitaran en mundos distintos. Se terminó la conversación informal, las bebidas no salieron de su hueco en el armario, y él le dio las mismas respuestas que había contestado en mil entrevistas antes de esa, sin hacer ni siquiera el esfuerzo de fingir que las pensaba por primera vez. Se separaron finalmente con dos besos rígidos, él imbuido en un bohemio desprecio y una profunda melancolía hacia todo y todos, y la chica, que era iletrada pero no tonta, pensando que podía ser maravilloso en las letras de sus canciones, pero en la vida real era un auténtico gilipollas.

lunes, 25 de junio de 2012

Black milk


El estruendoso sonido de una pieza instrumental inunda la casa cuando Ángela entra en ella. Cierra la puerta, suspira, agotada, y se dirige a su cuarto para cambiarse los apretados zapatos de tacón y el traje rígido que utiliza para trabajar.
Al pasar por la habitación de su hijo asoma la cabeza. Un ligero desorden reina en ella. Leo está absorto en el ordenador, escribiendo algo, y no se ha dado cuenta de su presencia. Ella le llama, pero la música está tan alta que su voz no llega hasta el chico, así que tiene que atravesar el cuarto y tocarle en el hombro.
-Baja eso-le pide.
Él se vuelve para mirarla y asiente con la cabeza.  El volumen disminuye. Ella se recrea en su rostro. No puede evitarlo. El pelo negro y la piel pecosa es igual que la suya, pero los ojos, azules, son los mismos que los de su padre. Aun así, piensa con satisfacción, se parece más a ella.
El chaval se ha quedado mirándola, como preguntándose a qué espera para salir de su habitación. Vuelve a la realidad y continúa el camino hacia un vestido y unas zapatillas de estar por casa cómodas y confortables. En realidad, Leo no es un mal chico. Nunca le ha dado problemas. Saca buenas notas y es responsable. No le contesta mal, no le gusta beber, cumple sus tareas con puntualidad. El problema está en que desde que se divorció de su marido, Ángela y Leo se han ido distanciando de forma lenta pero inevitable. Quizá es la edad. Quizá algo distinto. Pero su hijo pasa los días encerrado en su cuarto, escuchando música de compositores que ella nunca logra diferenciar, leyendo libros cuyo título jamás consigue retener, escribiendo historias que no le permitirá leer. Hace mucho tiempo que no le avisa de sus conciertos de violín. Los días en los que veían películas de Disney mientras comían palomitas o hacían tartas juntos han quedado muy atrás. Ángela percibe la intensidad de ese muro invisible que la separa de su único retoño.  Pero no sabe qué hacer para derribarlo.

Leo escucha, aliviado y culpable a partes iguales, los pasos de su madre al salir de su cuarto. No es que no la quiera. Él la quiere mucho. Pero hace años que no consigue contactar con ella. Intenta introducirla en su mundo, explicarle las sutilezas de un preludio de Rachmainov o lo emocionado que se sintió la primera vez que leyó Lolita. Pero ella, sencillamente, no lo entiende. Los conciertos de violín a los que asistía antaño la aburrían más allá del orgullo que sentía por su pequeño. Y por eso dejó de invitarla. Lamenta no tener más cosas en común con su madre, pero acercarse a ella le parece cada día un trabajo más arduo, así que se encoge de hombros y continúa escribiendo.
Unas horas después vuelve a oírla entrar en su cuarto. Ángela parece curiosamente tímida, casi una niña, con ese camisón grande que le queda tan mal pero sin embargo adora, con sus zapatillas de conejito, piensa él, conmovido.
-Leo-dice, inexplicablemente nerviosa.
-¿Sí?
-¿Quieres ver una peli de Disney?
Por un segundo él piensa en rechazar la propuesta. La profundidad del abismo que los separa le asusta. Pero luego vuelve a mirarla, y se le disipan las dudas. Al fin y al cabo, solo es una película. Sonríe.
-Claro. 


Sunday I'm in love

 ¿Qué te gustaría realmente hacer en la vida?, me preguntaron en una entrevista de trabajo.
Yo respondí: Me gustaría vivir en una habitación con una ventana que diera al ras de la calle. Desde esa ventana me contentaría con mirar a la gente que pasa, observar el fragmento de su vida que discurre ante mis ojos y luego verlos desaparecer.
Por sus caras supe que no era el empleado que estaban buscando.

Cuatro amigos, D. Trueba

lunes, 4 de junio de 2012

Violence.


Ella lo sabía. Lo supo nada más mirarme, como lo saben todo dos almas tan cercanas que son casi una. No dijo nada, me miró a los ojos, y yo casi pude oír el sonido de su corazón al volverse de piedra. Como en los viejos tiempos, cuando no me permitía acercarme por miedo a necesitar a alguien más que ella misma.
Nunca había pensado que esto podría pasarnos a nosotros. O quizá sí. Había tonteado con el momento, peligrosamente, rozando la tentación pero sin dejarme nunca atrapar por ella. Hasta entonces.
La muchacha era pelirroja y tenía unos ojos grandes, verdes, limpios. Estaba nerviosa. Parecía curiosamente inapropiada en aquel bar que yo llevaba años frecuentando, demasiado joven, demasiado pura. La contemplé durante una hora, quizá más, y de repente me invadió una sensación nueva, insoportable. Sentí que mi vida se había esfumado. Que ya todo lo que me esperaba era una longevidad monótona y cansada, justo lo que llevaba toda mi existencia intentando evitar. Casi pude sentir el frío de mis cadenas. La tirantez de mis límites.
 Sus manos temblaban, haciendo tintinear los hielos cuando cogió la copa a la que le invité. Solo durante un instante, antes de abrirle la puerta de nuestro hogar, me pregunté qué estaba haciendo. Qué nos estaba haciendo. Cómo afectaría aquello a nuestro futuro. Pero fue un momento de esos en los que nada importa salvo el presente. En los que uno se dispone a vivir y deja que su futuro yo recoja los pedazos de lo que sea que se rompa después.
No la llevé a nuestra cama. No pude hacerlo. Era demasiado nuestra, demasiado íntima, como para ensuciarla. Fue en el cuarto de invitados. Cuando todo terminó, se quedó mirándome durante unos instantes infinitos, y me besó en los labios, lentamente. Después se vistió y se fue en silencio.
Y a los dos días mi mujer volvió de viaje, y supo al instante que todo había cambiado entre nosotros. No dijo nada. Siguió contándome los pormenores de su viaje, con normalidad. Después tomó una ducha y se puso su camiseta favorita para estar en casa, una enorme, negra, de un grupo de rock al que amaba cuando era joven. La vi desde el salón, sentada en la mesa de la cocina, mirando su Four Roses con hielo como si en él pudiera encontrar la respuesta a todos sus miedos, sus dolores, sus incertidumbres.
Después de un par de copas, se levantó. A la luz tenue y dorada de la lamparilla la miré como si fuera la primera vez que la veía. Las piernas delgadas y suaves, la ropa interior de encaje que tanto le gustaba, desentonando estrepitosamente con la raída camiseta. Los lóbulos de las orejas que yo adoraba mordisquear. Su pelo largo y sedoso. El resto de su cuerpo que mis dedos conocían de memoria. Ella. La miré. Supe que la amaba. Que nunca volvería a amar a nadie de la misma manera, jamás.
Me cogió de la mano y me llevó al dormitorio, e hicimos el amor. Fue intenso. Fue lento, y suave, y precioso, y más triste que nada que haya sentido en mi vida. Jamás nos habíamos amado de esa manera. Nunca volvimos a hacerlo.
Al acabar, apretó su cuerpecillo contra el mío. Estaba temblando. Se acurrucó y yo la abracé como a una niña pequeña y asustada, deseando que mi piel fuera capaz de transmitirle cuánto la quería y cuánto la iba a echar de menos. Tenía la certeza de que a la mañana siguiente despertaría solo.

sábado, 2 de junio de 2012

Society.

¿Quién no ha sentido alguna vez la necesidad de correr, de romper con todo, de huir, de hacerse un ovillo con el solitario deseo de que el tiempo pase? En días me busco, en días me encuentro y en días me suicido. No me he movido pero no estoy donde estaba, quiero saber si soy verdad o si me engaño. A veces camino solo, a veces la soledad me acompaña, a veces me río de mi. A veces la risa soy yo. A veces hablo pero no me escucho, a veces me escucho pero no puedo hablar. A veces me callo, mi conciencia me escupe venenos de a cincuenta céntimos la garrafa. Y todo, todo porque a veces quiero ser yo. Pero a veces me miro y entonces sufro. Sí, sufro. Y mi corazón, hecho papel y lapicero, escribe renglones desesperados. Mis ojos lloran arena. Mi alma huye perseguida por mí mismo. Mi sangre acaricia la esperanza y al tocarla se hace costra. Busco mis manos para protegerme pero son de humo. Un humo podrido, desdentado y yonki. Y todo porque a veces quiero ser yo. Pero a veces me niego. A veces no se quien soy… pero esta noche sí. Esta noche soy el responsable de vuestro silencio y vuestro murmullo. Esta noche soy un puto tarado y vosotros más por escucharme.

lunes, 21 de mayo de 2012

Surrender.


Desnúdame.
Quítame la ropa como si fueran pétalos de rosa, con delicadeza, despacito.
Roza mi piel. Provócame escalofríos.
Deshazme.
Deshazme en ti.
Túmbame, aráñame. Atraviesa mi piel. Y mi alma. No te dejes nada, ni un rinconcito. Quémame.
Hazme olvidar que prometiste que estarías aquí. Que a la hora de la verdad, resultó que tú tampoco tenías alas. Que no fuiste capaz de rescatarme.
Rózame con tus labios. Mírame. Ámame. Entiérrame. Ciérrame los ojos.
Date la vuelta.
No vuelvas nunca.

jueves, 26 de abril de 2012

Whisper of a thrill.


La mujer le observaba mientras la música inundaba la sala. Se había casado con ese hombre hacía tanto tiempo que le costaba recordar cuánto, y sin embargo le parecía un auténtico desconocido. Sus dedos rozaban el piano con una dulzura que nunca habían mostrado al acariciarla a ella. Tenía los ojos cerrados, se abandonaba en un gesto extasiado, en una entrega que a ella nunca le había sido concedida. Su boca carecía de ese gesto severo que solía adornarla, y parecía casi amable.

Habían pasado años hasta que se habían dado cuenta, ambos, de que nunca le había pertenecido. De que ella había sido siempre solamente suya.

Ahora ya era demasiado tarde.

lunes, 23 de abril de 2012

Autumn leaves.

Al principio les había mirado con indiferencia. Pero después, después me di cuenta. Uno de ellos tenía tu olor. Olía a antes. Al principio. Olía a abrazos y armas de destrucción masiva. Y a madrugadas de sábado.  Y a besos tan dudosos que parecían no existir.

Me senté allí, paralizada, sin saber qué hacer, simplemente inundándome. Hubiera dado un brazo porque ese momento no acabara, por poder sumergirme en él, para siempre. Porque ese olor, a pesar del tiempo, de la distancia, ese olor seguía siendo mío. Y tú, lo que fuiste, también. Lo entendí, y se me llenaron los ojos de lágrimas prohibidas.

Y entonces entró una chica vestida de viernes, apestando a Chanel nº 5, borrando cualquier rastro de reminiscencia y devolviéndome a la realidad de un olfativo bofetón. La odié por un segundo más de lo que he odiado a nadie en toda mi vida. Después recordé.

Estés donde estés, seas lo que seas, que sepas que aquella noche aún sigue siendo dorada.

miércoles, 18 de abril de 2012

Wind pipes.

Todos esos ricos en sus casas modernas de acero, cristal y madera. Acero, para recordarles que han triunfado, que son de lo mejor de la era actual, que están al día y siempre lo estarán. Cristal, para crear la falsa ilusión de que su modernidad no les atrapa, de que siguen siendo libres. Y madera, para fingir que no han caído en la superficialidad de alejarse demasiado de la naturaleza.

Casas hechas de mentiras, a las que difícilmente podría llamar hogar.

sábado, 7 de abril de 2012

El colmo de la historia.

Y yo, huérfana de padre, de besos, de lugares, de ti, desterrada a golpes de argumento de ese Jardín del Edén de papel maché que era nuestra ignorancia, caminante de oscuridades que alcanza a rozar la luz con las puntas de los dedos sin llegar jamás a bañarse en ella.

Yo, dudosa hija adoptiva de los descendientes de Caín, de los de Iván Drago, parte de esa prole de cuerdos  entre locos que ven la realidad a través del sueño, discípula de clarividentes poetas urbanos que sobreviven a golpe de bolígrafo y botella, orgullosa compañera de aquellos que todavía recuerdan alzar la cabeza para mirar a las estrellas de cuando en cuando, de los que destruyeron el "yo debería ser" y lo cambiaron por un desafiante "yo soy", de los que se atrevieron a pagar el precio de mirar a la verdad a los ojos.

Yo, que nunca encontré mi hogar por no saber buscarlo.

Yo, que  nunca fui otra cosa que mi propio hogar.

miércoles, 4 de abril de 2012

Wish you were here.

Haciendo el amor al sol, al sol de la mañana
en una habitación de hotel
sobre el callejón
donde los pobres hurgan buscando botellas;
haciendo el amor al sol
haciendo el amor junto a una alfombra más roja que nuestra sangre,
haciendo el amor mientras los chicos venden titulares
y Cadillacs,
haciendo el amor junto a una foto de París
y un paquete abierto de Chesterfield,
haciendo el amor mientras otros hombres -pobres idiotas-
trabajan.

Desde aquel momento (hasta ahora...
años, quiza, según otras medidas,
pero en mi recuerdo es sólo una frase reiterada)
hay tantos días
en los que la vida se detiene, frena y se sienta
y espera como un tren en las vías.
Paso por ese hotel a las 8
y a las 5. Hay gatos en los callejones
y botellas y mendigos,
y levanto los ojos hacia la ventana y pienso
ya no sé dónde estás,
y sigo andando y me pregunto adónde
va la vida
cuando se detiene. 



Charles Bukowski.

viernes, 2 de marzo de 2012

Forever lost.

Está en el ejecutivo de traje de 3.000 dólares que mira con desprecio a la ecuatoriana que limpia el baño, aunque sin olvidar recrearse con la visión de sus hermosos y firmes pechos.
Vive en la chica que elige comprarse unos pendientes caros en vez de sentarse a reflexionar por qué se siente tan vacía, tan carente de personalidad, cuando no tiene novio.
Consume el alma de los políticos que condenan a niños a estudiar en barracones inundados para poder comprarse un coche de lujo, un bolso de marca o el alma de otra persona.
Habita con disimulo, casi sin llamar la atención, en esos padres que le compran a su hijo un juego para la Play en vez de un libro de cuentos porque asi no molesta tanto.
Y en las miradas de aquellos que condenan, o siquiera resaltan, a dos hombres que caminan de la mano. Que se besan. Que se aman.
Y en pequeños de once y doce años cuya infancia se consume entre sus dedos en forma de cigarrillo.
Y en el antidisturbios que destroza su moralidad y el cuerpo de una chica de dieciséis años de la misma patada.
Y en todos aquellos que desprecian a los ancianos con la misma palabra hiriente, viejo, o con la misma frase, estos ya no son tus tiempos, valorando el desgaste más que que la experiencia.
Y en esas personas que cierran los ojos a todo esto, bajo la excusa de que no se puede hacer nada, porque es más cómodo vivir sin ver. A corto plazo, siempre a corto plazo.
Está  en mí. Y en ti.
Es la miseria humana, más miserable por ser humana, más inhumana por ser miseria. Es la negación de la sensibilidad, de la inteligencia, de la belleza, promesas electorales que el ser humano esgrimió para legitimar ante sí mismo su dominación brutal sobre el planeta.
Si hemos perdido eso, ¿qué dignidad nos queda? ¿Qué motivo para continuar existiendo?

jueves, 12 de enero de 2012

The universe keeps turning (where do I belong)

Había... había una vez una chica que sólo podía vivir en limonada. O sus padres eran tan malvados que no le daban otra cosa y al final no podía beber nada más. O eran tan buenos que se la daban porque la querían mucho. Esa parte aún no la he decidido, pero... solo podía vivir en limonada. Si no se sumergía en limonada, se moría. Y sus padres morirían pronto también, les pasaba algo, tenían la sangre azul o algo así. Tenia un hermano también, pero era un estúpido, tanto que no se preocupaban por él. Sólo les importaba que su hijita viviese.
El único problema era que nadie pensaba en su hermano. Ella vivía en una botella, así que él estaba solo. Nadie pensaba en él. Le abandonaron. Así que se sentó a su lado, su hermano se sentó al lado de la botella, y como la limonada le hacía ver mejor, ella podía verle claramente, a pesar de que el vidrio era grueso.
Como vivían en el campo, él no tenía nada que comer y no podía ir a comprar. Se estaba muriendo de hambre. Ella lo sabía. Nadie cuidaba de él, y como era un poco estúpido no podía cuidarse solo. No paraba de llover y empezó a oxidarse. Ella lo pasaba genial en la limonada, pero sabía que tenía que ayudarle, así que nadó hasta la superficie, pero no podía salir, estaba demasiado lejos. La botella era demasiado grande. Sabía que tenía que hacer algo. Cada vez estaba peor. Tenía mucha hambre y mucha sed. Empezó a comer hierba y no paraba de vomitar. Así que ella intentó pensar en algún plan, pero no se le ocurría nada. Lo único que sabía era que él la necesitaba. No paraba de verle vomitar al otro lado del cristal. Pero se le ocurrió una idea.
Empezó a beber. Bebió, bebió y bebió. Bebió muchísima limonada. La suficiente como para tener bastante hasta que muriese, porque sus padres querían que viviera muchos años. Pero se bebió hasta la última gota, hasta que se quedó en una botella vacía.
Aun así no podía salir. Pero no importaba, esperó a que le hiciera efecto la limonada. Como había bebido tanta, empezó a tirarse pedos. Al principio eran flojos pero luego se volvieron más fuertes. Y así salió de la botella, disparada por arriba, como un cohete.
Y consiguió que su hermano dejara de comer hierba. Fueron a buscar una casita donde vivirían juntos, ella y su hermano. Y resultó que al beberse toda la limonada se había curado, porque... nunca más quiso volver a beberla. El resto de su vida tomó naranja.

I don't know why I couldn't feel it all before
faith in the world i can't believe it anymore
I'm tired of being here, I'm tired of being wrong

 the universe keeps turning, where do I belong



You don't remember me, but I remember you 
I lie awake trying not to think of you 
the way I let you down, the way I did you wrong
the universe keeps turning, where do I belong